Ponerse al mando de una aeronave no es tarea sencilla, mucho menos en el caso de las Fuerzas Armadas. Por esta razón, los pilotos españoles se someten regularmente a una serie de pruebas tanto médicas como físicas para asegurar no solo el éxito de la misión, sino también su vida. Estas evaluaciones se llevan a cabo en el Centro de Instrucción de Medicina Aeroespacial (CIMA) del Ejército del Aire y del Espacio en la base aérea de Torrejón de Ardoz (Madrid), hasta donde se ha trasladado Infobae España.
El CIMA, operativo desde 1940, tiene dos grandes tareas: por un lado, los reconocimientos médicos aeronáuticos por los cuales se selecciona al personal de las Fuerzas Armadas que tiene responsabilidad en vuelo y, por otro, el entrenamiento aeromédico. “Consiste en exponer a pilotos, tripulantes y paracaidistas a las especiales condiciones del medio atmosférico en el que desarrollan su actividad”, explica la directora del centro, la coronel Beatriz Puente Espada.
Para llevar a cabo todo esto, en la primera planta del edificio del CIMA, inaugurado en 2014, se ubica una especie de gran centro de salud con diferentes especialidades clínicas, como oftalmología, cardiología, otorrinolaringología, psicología y psiquiatría. Además, posee un amplio laboratorio donde se analizan las muestras del personal militar, a cargo de la comandante Rocío Marco. “Somos el laboratorio de cribado de toxicos tanto para el sector aeronáutico civil como para el militar, detectamos drogas de abuso manteniendo una cadena de custodia”, detalla Marco a este medio.
Lo más llamativo del CIMA, no obstante, son los numerosos laboratorios de entrenamiento de los que dispone. Uno de ellos es el dedicado a la biodinámica, equipado con un desorientador espacial en el que se adiestran los pilotos de caza, con una frecuencia de tres años, y los de aviones de transporte y helicópteros, cada cinco años. Este simulador, de origen austríaco, genera diferentes efectos visuales y sensoriales, idénticos a los que pueden notar los aviadores durante un vuelo.
“No somos pájaros, no estamos diseñados para volar, y en el momento que despegamos los pies del suelo empezamos a tener problemas”, sostiene el cabo primero Manuel Carnicero Pastor. “Aquí a lo que sometemos son a desorientaciones visuales y vestibulares: parece que podemos ver algo que es muy evidente, pero luego no coincide con la realidad. El entrenamiento se basa en que el piloto tenga claro que los instrumentos siempre tienen la razón”, afirma.
En la cámara hipobárica, otra de las tecnologías que posee el CIMA, los militares experimentan, en un ambiente seguro, los efectos de la hipoxia, los cambios de presión y las rápidas descompresiones que pueden tener lugar a altitudes elevadas. De esta manera, aprenden a identificar los síntomas de estar sufriendo uno de estos episodios para llevar a cabo las maniobras necesarias para mitigarlos y evitar así perder el conocimiento en pleno vuelo. “El haber vivido esa situación límite les sirve para, en el día de mañana, haciendo el procedimiento adecuado escapen de una situación crítica”, destaca el teniente coronel Manuel Jiménez García, jefe de Entrenamiento Fisiológico del CIMA.
La importancia de la salud mental
Otro de los aspectos a los que en el CIMA prestan gran atención es la salud mental del personal de vuelo de las Fuerzas Armadas. “En el ámbito aeroespacial, se sabe que si hay un accidente este está relacionado con el factor humano en más de un 80% de las veces”, señala el comandante José Juan Nogales, jefe de la Sección de Psicología. “Y ese factor humano, la gran mayoría de los problemas, tiene que ver con dificultades en el ámbito de la salud mental”, detalla.
“Siempre hay que valorar hasta qué punto el episodio que está atravesando la persona afecta o no a sus capacidades para ejercer su labor. Intentamos conjugar la seguridad con el bienestar de la persona, porque en muchos casos la cuestión laboral es un factor que ayuda a la salud”, explica Nogales. “Pero nunca vamos a poner en juego una vida humana, aquí la máxima es siempre la seguridad del vuelo”.
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